El lunes 13 de junio de 2016 , en la Biblioteca del Instituto Cervantes de Atenas, el grupo ENTRE PÁGINAS SUELTAS ofreció una velada sobre María Moliner a través de la lectura de los fragmentos de la obra teatral: El Diccionario. Aquí podéis leer la traducción del texto:
Πέμπτη 1 Σεπτεμβρίου 2016
Velada sobre María Moliner y Το Λεξικό του Manuel Calzada
Τρίτη 14 Ιουνίου 2016
¿POR QUÉ UNA OBRA SOBRE MARÍA MOLINER?
Manuel Calzada Pérez nos da
tres razones por las que crear esta obra sobre María Moliner. Primero es la dimensión
trágica de su vida, ella, la mujer que gastó una vida trabajando con
palabras, se quedó vacía de todo lenguaje y absolutamente demenciada al final de
su vida, pero su diccionario, "el diccionario más completo, más
útil, más acucioso y más divertido”, según las palabras de Gabriel García
Márquez, devolvía a las palabras su significado real tras años de censura.
Segundo, su trabajo intelectual y su continua lucha era para mejorar el mundo a
través de la cultura y la educación, sin sectarismos, a pesar de ser
represaliada y degradada en su escalafón profesional. Empezó a corregir el
diccionario de la Real Academia con el único objetivo de poner en orden las
palabras, de ordenar el universo de tal manera que los españoles, los de uno y
otro bando, pudieran llegar algún día a entenderse. Ni el rechazo de la
Academia de aceptarla entre sus filas, a fin de no romper su
venerable tradición machista, ni el coste personal y familiar de su
trabajo impresionante y rompedor la desanimaron. Y la tercera razón, el
diccionario es ella misma, rigurosa, exigente, optimista, infatigable, honesta,
insobornable, una verdadera luchadora. Su obra era su modo de ser libre, los
silencios de su vida encontraron por fin su forma de escapar de la censura
íntima y oficial.
El silencio es a veces un
grito inarticulado que se traduce en unas palabras profundamente humanas. Para
nosotras, que hemos estudiado sobre su vida, María Moliner es un símbolo, es la
mujer que desde su humilde posición de bibliotecaria, volcada en sus fichas, de
madre devota de sus hijos, de ama de casa que zurce calcetines, de esposa de
una fidelidad ejemplar, lucha diariamente con convicción por sus ideas contra
una sociedad patriarcal y misógina, para cambiar la tradición establecida, con
su única arma: el amor por la vida y la libertad. Los momentos trágicos de su
vida son representados con maestría por parte del dramaturgo: la emocionante
escena de Fernando que pierde la vista y la pérdida de memoria de María, la
escena en el balcón para que toda la familia atienda la entrada del
Generalísimo, un momento de gran tensión donde la protección de su familia está
en conflicto con su ideología, o la escena donde Fernando no quiere aceptar la
muerte de su primera hija y Maria trasciende su propio dolor para apoyar a su
marido desesperado, son unos de los instantes que revelan tremendamente la gran
valentía de la lexicógrafa. Aunque su obra no se considera ni feminista ni
emancipadora en el sentido que la de las Sinsombrero lo es, uno debe reconocer
que el diccionario muestra la extraordinaria capacidad intelectual e
independiente de su autora y en este sentido representa la ruptura con el
pasado. Por primera vez su obra colosal se presenta ante una sociedad que
aunque la rechaza, se ve obligada a mirarla. Por eso creemos que el diccionario
tiene mucho valor, no sólo léxico sino ético, porque por primera vez se hizo
realidad el deseo de la mujer moderna tan bien expresado en la carta de una
poeta de la época, Ernestina de Champourcín: "¿Por qué no podremos ser nosotras,
sencillamente, sin más? No tener nombre, ni tierra, no ser de nada ni de nadie,
ser nuestras, como son blancos los poemas o azules los lirios.”
STELLA PANAGOPULU
ATENAS MAYO 2016
La obra fue presentada
por el grupo ENTRE PAGINAS SUELTAS, en la biblioteca del Instituto Cervantes de
Atenas, el lunes 13 de junio 2016.
Voy a hacer un diccionario
Voy a hacer un diccionario
para parar las
aguas del olvido,
voy a hacer un
diccionario,
con palabras de
amor,
con palabras de
odio,
un diccionario de
corazón
un diccionario de
dolor.
Para aplastar los
abismos de la oscuridad,
voy a hacer un
diccionario,
para los ninos
que mueren antes de nacer,
para los ninos
que nacen para morir,
para las madres
que lloran,
para las mujeres
que luchan y sueñan.
Para construir la
vida de nuevo,
para conjurar la
sed y el hambre,
voy a hacer un
diccionario,
con el azul del
cielo,
y el rojo de la
sangre,
con palabras que
hieren,
con palabras que
encantan.
Voy a hacer un
diccionario,
con el verde de
los mares,
con
luz,sombras,estrellas y lunas.
Voy a hacer un
diccionario,
un diccionario de
poesía,
un diccionario de
rebeldía.
voy a hacer un
diccionario,
con sonidos
amados,
con sonidos
olvidados,
con los ojos
cerrados,
y las manos
abiertas.
Voy a hacer un
diccionario que baile en la sangre,
un diccionario
que cante en el aire.
Atenas, domingo 17 de
abril de 2016
Irene Lambropulu
Δευτέρα 18 Ιανουαρίου 2016
Desde entonces nada sería igual…
“Vino
enséñame el arte de ver
mi
propia historia como si ésta
ya
fuera ceniza en la memoria”
J.L.Borges
Desde entonces nada sería igual…
Era una noche estrellada de otoño, una noche de fiesta y
todo resplandecía dentro de la gran sala
de la Asociacion Americana. El concierto de guitarra acababa de terminar
y el público compuesto de músicos y de aficionados tomaban sus bebidas y charlaban jubilosamente
sobre el espectáculo. Ella sola, sentada en un rincón, celebraba secretamente el día de su santo,
aunque su presencia allí tenía otro objetivo. Miraba fijamente la entrada de
la sala como si esperara la llegada de alguien. Y de repente él, hermoso,
vestido de negro, entró saludando a unos conocidos. El corazón de ella bailaba
como loco y pensaba que, con el júbilo que había allí, le extrañaría que la divisara. Así que se levantó y se dirigió
hacia la mesa donde se ofrecían los vasos de vino tinto. Necesitaba beber algo
para vencer su timidez y lo embarazoso de la situación. Ni siquiera se dio
cuenta de que él la había visto y, clavando su mirada en ella en el momento
oportuno, se acercó decisivamente a la mesa en el centro de la sala para
saludarla. Era un instante único, eterno, el encuentro de dos almas gemelas. Se apretaron las manos
cortésmente y él le ofreció un vaso. Su voz embriagadora como vino enamorado
acariciaba su pelo y ella, feliz a su lado, estaba envuelta en su aurora, en su
misterio. Y como en las historias de hadas la sala se tranformó en la antesala
de un paraíso. El vino era el gran protagonista aquella noche, avivó sus
sentidos e invadió deliciosamente el paladar, dejándolos descubrir un mundo
interior,mágico,la verdadera libertad. Sus ojos brillantes cantaban el amor y
la alegría. El le hablaba de su próximo viaje a Nueva York, de las cosas que
quería hacer y ella tragaba cada una de sus palabras que por fin daban aliento
a su propia vida, intentando descifrar el verdadero sentido de
aquella conversación.
¡Qué suerte tuvo aquella noche!¡Qué regalo divino
encontrarle allí inesperadamente! La sala era como si fuera el mundo entero y
el tiempo como si no existiera. Tanta era su felicidad que en sus palabras
palpitaba su emoción.
¡Qué distinta es la espera del amor que aguarda
impacientemente el momento de un posible encuentro y finalmente como si fuera un milagro, a vino veritas, este
inicio de la vida, este principio anhelado, el despertar inquieto del amor toma
cuerpo.
Desde entonces nada sería igual….sin él.
Atenas 7 -1-2016
Stella
Σάββατο 16 Ιανουαρίου 2016
Mi Loutraki
Mi Loutraki
Loutraki en los años cincuenta. “Nuestro” hotel está en
el centro de la fotografía
Veraneé por primera vez en Loutraki, allá por 1956, con seis
añitos recién cumplidos. El invierno anterior se había casado la última soltera
de las cinco hermanas de mi madre, y dio la casualidad que mi flamante tío
fuera el dueño de un hotel, situado precisamente en aquel balneario. El hotel
se llamaba “Beau Rivage” y estaba justo enfrente de la famosa playa de guijarros,
donde aún se puede ver hoy, -como vestigio de una época mejor-, esperando en vano una restauración....
Pero no adelantemos las cosas. Hablamos de los
años cincuenta, cuando Loutraki estaba aún en pleno auge: El balneario
preferido de las clases acomodadas de Atenas, con su clima seco y saludable, sus
aguas termales, sus hoteles aristocráticos, y su famoso“Casinó”, donde la gente
no iba para arriesgar su dinero en juegos de azar, sino para degustar, o llevarse
a casa, dulces y pasteles exquisitos.
Seguro que la razón principal por la que mis
padres eligieron Loutraki para el veraneo de aquel año fue porque estaba allí el
hotel de los tíos. También les convendría mucho por dos razones más: En primer
lugar porque Loutraki estaba solo a dos horas de Atenas, cosa que haría posible
que mi padre -que no podía dejar su negocio por más de un par de
días a la vez-, viniera a visitarnos los fines de semana. En
segundo lugar porque a mi mamá, que unos meses antes había dado a luz a mi
único hermano, le convendría tener cerca a su hermana y a su yerno para que le
echaran una mano con el nuevo bebé y con
la niña pequeña, que era yo.
En efecto, Loutraki fue una elección tan acertada,
que pasamos allí no solo aquel verano, sino los seis siguientes también! ¡Para mi deleite! ¡Mi inmensa felicidad! ¡Porque
Loutraki llegó a significar para mí libertad, alegría, amigos, juego,
aventuras, en resumen todo lo bueno! Tanto lo amé, que cuando al cabo de siete
años mis padres decidieron que la familia podría ya conocer también otros
lugares de vacaciones, yo pasé el peor veraneo de mi vida ... Aún lo recuerdo
con horror. Echaba tanto de menos las vacaciones de los años anteriores, que
para vengarme de mis padres, que sin tener en consideración mis deseos nos habían
llevado no a Loutraki, sino a aquel odioso lugar, “de cuyo nombre no quiero
acordarme”, me pasé todos los días en duelo, absolutamente decidida a no
pasármelo bien... ¡A los trece años uno es tan inflexible! Al menos yo fui
así...
Pero volvamos al Loutraki de los años cincuenta.
Era una localidad muy pequeña, tan pequeña que uno la podría atraversar a pie
en quince minutos de camino relajado. Sin embargo, a pesar de sus dimensiones, Loutraki
no era para nada un pueblo. Tenía calles asfaltadas (algo no tan frecuente en las
ciudades de Grecia de aquellos años), aceras anchas y cuidadosamente cementadas,
edificios imponentes, espacios libres limpios y bien arreglados, un largo paseo
marítimo rematado por una gran explanada con quioscos, estatuas y fuentes, y un
precioso parque, justo frente al mar.
El plano de la pequeña ciudad de entonces tenía
forma de luna creciente, con el mar ocupando la parte interior. En el medio del
creciente había un pequeño muelle, donde solían anclar unos barquitos humildes y
donde rara vez aparecía también algún yate, que a nuestros ojos infantiles figuraba
como el extremo absoluto del lujo. Por el muelle empezaba el paseo marítimo, con
el malecón por un lado y una ancha explanada por el otro. La parte interiór de
la explanada estaba ocupada por las terazas de los hoteles y los restaurantes
que se alzaban tras ella. Caminando por el paseo marítimo hacia el sur, pronto el
rocoso litoral se convertía en una larga playa de guijaros. Justo allí, al
comienzo de la playa, estaba “nuestro” hotel. Frente a él, separándolo del
paseo marítimo, empezaba la vía playera, que seguía hacia el sur, hasta el
extremo oeste del canal de Corinto, el “Isthmos”. Nuestro hotel era el
penúltimo de la serie de los hoteles. Avanzando unos cien metros más hacia el
sur, uno estaba frente al último gran edificio del balneario, el hotel “Palmira”.
Allí prácticamente terminaba la pequeña ciudad. Después, nada, solo arrabales,
fincas agrestes y terrenos cubiertos de maleza. También la vía playera pronto
dejaba de estar asfaltatada...
Pero regresemos otra vez hacia el norte, al centro
del creciente donde está el muelle. Más allá hay solo una estrecha faja de
terreno plano, con edificios: algunos hoteles más, restaurantes y también la
estructura monumental, de plano circular, de la “Fuente Estatal”. (Un pretencioso
edificio de los años treinta, que todavía existe y que contiene una fuente de
aguas termales que huelen a azufre). Detrás de esta faja se alzan las peñas y
las laderas abruptas del monte Gerania, que limita la ciudad por el norte.
Justo detrás del muelle está el parque, con árboles
altos, senderos y glorietas con pequeñas estatuas y fuentes, matas floridas y
enormes arbustos de jazmín.
El olor a jazmín (¡y no el del mar!) es el que
primero viene a la memoria del olfato, cuando pienso en Loutraki. Este, y
también el olor dulce y amargo de las adelfas, que llenas de flores rosas o blancas
flanqueaban el camino por el que entrábamos en la ciudad, dándonos así la
bienvenida, y que también estaban presentes en todas partes: aceras, plazuelas,
el parque...
Hay también otros olores, no universalmente
considerados buenos, que en mi memoria están tiernamente asociados con Loutraki:
El olor a polvo y papel viejo de la pequeña librería, donde los niños pasábamos
horas buscando con afán números antiguos de revistas infantiles y tebeos; o aquel
olor a limpio de “nuestro” hotel, un olor no precisamente agradable (probablemente
era el de un detergente o de un desinfectante, que usaban las mujeres de la
limpieza), pero querido, de todas formas.
Por su parte, el sentido del oído se acuerda
vivamente del estruendo de las olas, cuando en las noches de tormenta se estrellaban
al romperse en la playa, y después el sonido hueco y susurrante de los guijarros
golpeándose unos contra los otros, cuando las aguas se retiraban
precipitadas...
El sentido del gusto tiene también sus memorias de
Loutraki: el sabor de la empanada de queso de “Casinó”, simplemente la mejor
que he probado en la vida, o el de los pequeños pastelitos glaseados, recién
preparados por la misma pastelería...
De los primeros años en Loutraki tengo los
recuerdos más idílicos: Un sentido de libertad que nunca había experimentado antes
y que devoraba con avidez...
Frente al
hotel, al regazo de mi abuela querida, con mi madre y otros niños y señoras
veraneantes
Por las mañanas tomábamos el desayuno, servido en
vajilla de porcelana blanca, en el salón. La mantequilla venía en formas
bonitas -de conchas, o pétalos de flores-, y había una mermelada muy fina y también bizcochos y galletitas... Después
de comer teníamos tiempo para hacer lo
que nos daba la gana, ya que entonces estaba prohibido entrar en el mar antes
de que pasaran al menos dos horas después del desayuno. En el hotel había
siempre alguna que otra niña de mi edad, y con la facilidad que se forman las
amistades en la niñez, en especial durante las vacaciones, pronto nos
convertíamos en amigas íntimas. Con ella, o ellas, jugábamos frente al hotel o
a la playa, bajo las miradas de las señoras mayores, que permanecían sentadas
allí en sillones plegables, íbamos de paseo hasta el muelle o el parque,
montábamos en bicicletas alquiladas con las que hacíamos carreras a lo largo
del paseo marítimo, o íbamos a comprar tebeos en la librería. En todos estos
lugares podíamos ir casi sin cruzar una calle en la que circulaban coches, así
que los padres no tenían objeción alguna para dejarnos libres, y hasta nos
daban dinero para que compráramos nosotras mismas las revistas, o para que alquiláramos las bicicletas.
Me acuerdo que una vez -sería esto durante aquel primer veraneo-, estando de camino hacia la librería con mi amiga, tuvimos de repente una idea mejor para
gastar el dinero que teníamos: ¡Montar en un coche de caballos! No tuvimos
ningún reparo para hablar de las cosas con el cochero, decirle exactamente cuántos
dracmas teníamos entre las dos, y hacer un trato con él para que nos llevara a dar
un paseo en su coche. Todo había ido sobre ruedas, y cuando al bajar del coche corrimos
entusiasmadas para contárselo a nuestras madres, no esperábamos para nada su
indignación, ni las reprimendas que recibimos: ¡De allí en adelante nunca jamás
íbamos a subir a ningún coche, de caballos o no, sin ser acompañadas por
nuestros padres, abuelos o tíos, o al menos por un mayor de su confianza!...
Alrededor del medio día, llegaba por fin la hora
para ir al mar. (¡En aquel tiempo la gente no tenía miedo de los rayos
ultravioletas!). Poníamos nuestros bañadores, que para las niñas eran entonces de
punto, cogíamos algún salvavidas y entrábamos, con nuestras madres siempre vigilándonos
de cerca, porque las aguas en Loutraki eran tramposas, ya que a los pocos
metros de la orilla el mar se volvía de repente profundo. Además había a menudo
olas que podían ser peligrosas para los niños, al entrar, o al salir. Me acuerdo
que una vez, saliendo del mar, perdí mi equilibrio golpeada por una ola. Antes
de poder levantarme vino otra ola y después otra... Creí que ya había llegado mi
hora y que iba a ahogarme allí mismo, a un metro de la orilla, cuando sentí que
unas manos fuertes me cogían y después vi el rostro sonriente y confortante de
mi tío que me alzaba en sus brazos...
El mar de
Loutraki solía ser muy tranquilo por la mañana, empezaba a agitarse al avanzar
el día y se calmaba otra vez al caer la noche. Esto era lo normal, sin embargo
había también días de tormenta, cuando las olas, en vez de sosegarse con la
puesta del sol, se volvían más altas y amenazadoras. Pero las tormentas en
Loutraki no solían durar mucho, y al día siguiente el mar estaba otra vez acogedor...
Lo peor en Loutraki era la hora de la siesta.
Después de comer, todos teníamos que acostarnos y aunque no durmiéramos,
al menos debíamos permanecer muy quietos en la cama, con las persianas y las
cortinas cerradas, para que pudieran descansar los padres y también los otros
huéspedes del hotel. Me acuerdo del silencio absoluto que reinaba y también del
calor sofocante. Pero el martirio no duraba demasiado. Al dar las cinco el
toque de queda se alzaba y entonces nos vestíamos de prisa y salíamos llenos de
energía para juntarnos otra vez con los amigos.
Rara vez íbamos al mar por las tardes. Más a
menudo se repetía el rito de la mañana: jugar, pasear, montar en bicicleta,
buscar revistas antiguas, o algún libro, en la librería, y después ir con la
familia a tomar un pastel, un helado, o
una empanada en la terraza de ¨Casinó”.
Al caer la noche y después de cenar, éramos otra vez libres para retomar
nuestros juegos y paseos, que a menudo nos conducían hasta la terraza de “Akti”,
un hotel y restaurante al lado del parque, donde por las noches había música en
vivo y donde, a veces, había también concursos de baile, para las danzas que
entonces estaban de moda, como el Cha-Cha-Cha y el Rock-and-Roll. Las parejas
de jóvenes danzaban haciendo figuras espectaculares, y nosotros los mirábamos
con la seriedad de críticos expertos, haciendo predicciones sobre quienes iban
a vencer...
Otras veces los mayores nos llevaban al cine para
ver una película apta para niños. No me acuerdo de ninguna de ellas, creo que no
eran memorables, pero sí del propio cine. Se llamaba “Electra”, y creo que todavía
existe y sigue funcionando. Era -y seguro que sigue siendo- el cine más bonito al aire libre que hay en el mundo entero. Su telón flanqueaba
el parque, mientras que a una veintena de metros de la platea estaba el mar,
por el cual los asientos de los espectadores estaban separados solo por una
serie densa de altos arbustos de jazmín, que servían de valla. El ruido lejano
de las olas, el olor intenso de los jazmines, la luz tenue de la luna o de las estrellas en la
oscuridad y el silencio de la noche hacían que la película fuera lo que menos
importaba... Ofrecía experiencias mágicas aquel cine...
Los sábados, por la tarde, solían llegar para
juntarse con sus familias los padres que durante el resto de la semana tenían
que trabajar, como el mío. Rara vez venía solo. A menudo traía consigo a parientes,
amigos, o a una de mis abuelas, que podía permanecer con nosotros por algunos
días más que nuestro papá, el cual no tenía más remedio que irse para volver a
su trabajo el lunes. Teniendo cerca a mis primos, o a mi abuela más querida -la madre de mi padre-, daba otro motivo para que yo fuera inmensamente
feliz. Hay una foto de aquel tiempo, tomada frente a “nuestro” hotel, con mi
madre, mi abuela favorita, otros niños y niñas con sus madres, sentadas algunas
en sillones plegables, en la cual yo estoy tendida en el el regazo de mi abuela
abrazándola con tal abandono, que habla por sí solo de mi felicidad completa del
momento, y también del amor que sentía por ella...
Los días que mi padre estaba con nosotros eran aún
más felices que los otros, si cabe. La atmósfera era festiva. Los mediodías de
los domingos salíamos para ir a comer todos
juntos, con las abuelas, tíos y tías, primos, primas y también los amigos
que estaban de visita, siempre en la misma taberna, situada en el interior de
la ciudad, donde tenían sus casas los habitantes permanentes. Esta parte de
Loutraki, alejada del mar, era la que más parecía un pueblo, con casitas
humildes y sus pequeños jardines. Allí reinaba una calma absoluta que
contrastaba con el ajetreo de la zona ocupada por los veraneantes. (Las dos
distintas zonas de Loutraki se separaban por la calle principal, que corría
paralela al litoral encontrándose detrás
de la serie de los hoteles que tenían frente al mar).
El dueño y patrón
de aquella taberna era conocido como el Bacalao (nunca supe si este era
su nombre o un apodo). Allí, sentados
todos en torno de una mesa larga, bajo la sombra de una vid enorme, con uvas casi
maduras colgándose de las ramas, comíamos las más ricas chuletas de cordero,
asadas sobre las brasas, que he probado en la vida. Sólo esto había para comer.
Ni siquiera patatas fritas. Sólo chuletitas de cordero, ensalada de tomate y
pepino, y un pan muy bueno, preparado, como todo el resto, por la esposa del
Bacalao, la señora Victoria, si mal no me acuerdo de su nombre. (Veo que en esta
narración hay muchos superlativos. El lector debe saber que no fueron usados
como exageraciones perdonables en un relato de recuerdos infantiles. Si digo
que el cine Electra fue y el más bonito del mundo, o que las empanadas de Casino
y las chuletas del Bacalao eran las más sabrosas que he probado en la vida, ¡es
porque estoy absolutamente convencida de ello!).
Mi Loutraki no es solo el de mi primera infancia.
Lo seguí visitando durante los años de mi adolescencia, algunas veces con mis
padres y hermano por unas vacaciones breves, o por más tiempo, invitada por mis
tíos junto con alguna amiga, o con una de mis primas.
De aquellos años posteriores mis recuerdos mas
vívidos son los que tienen que ver con mi iniciación en el mundo del flirteo y de
las discotecas -los “clubes”, como se llamaban entonces,- de la mano de una prima mía, que aunque tenía dos años menos que yo, era la
más despierta en esas cosas. Los tíos, siempre más liberales que nuestros
propios padres, no tenían ninguna objeción para que nos divirtiéramos de esa
manera.
De todos modos, aquellos clubes no eran para nada
antros de perdición, sino más bien unos espacios libres -poco alejados de los hoteles-, vallados por arbustos bajos, con una pista de cemento en el centro, en
torno a la cual se disponían las mesas. Solíamos ir allí en compañía de otros
chicos y chicas del hotel, a los que habíamos conocido desde siempre, ya que
entonces la clientela de los hoteles de veraneo era más o menos fija y muchos
de ellos, como nosotras mismas, solían veranear en Loutraki casi cada año. Los
otros parroquianos del club no tenían más años que nosotras, su edad variando
de los trece hasta los veinte años al máximo. De una máquina de discos elegíamos
la música que queríamos para bailar -canciones románticas, italianas o
francesas, o ritmos americanos e ingleses-. (Era entonces la época del apogeo de los
Beatles y de los Rolling Stones). En el club uno podía tomar zumo de naranja,
un vermut o un café instantáneo frío, es decir un “Frappé”, que por entonces
había hecho su aparición en Grecia, promocionado por Nestlé, y que estaba muy de
moda. Una noche, después de tomarme uno, desacostumbrada como era, no pude
cerrar un ojo toda la noche, hasta que no amaneciera...).
Mi Loutraki comenzó a estropearse cuando, a mediados
los sesenta, hubo en Grecia la fiebre de la construcción. Empezaron a erigirse entonces
altos bloques de apartamentos, primero a lo largo de la playa, por el sur del
centro, y después en todas partes, hasta que el paisaje cambió completamente. Los
nuevos propietarios de los pisos y sus familiares llenaron la playa, las
calles, y todo espacio libre del antiguo balneario hasta el punto de la asfixia
total. Las calles se llenaron de coches y cada rincón libre se convirtió en
aparcamiento. Después de esto, el declive fue inevitable y rápido.
En las últimas décadas he visitado Loutraki muy raras
veces, y nunca por más tiempo que unas pocas horas. Sin embargo lo tengo vivo
en mi memoria, así como era en los años de mi niñez y primera juventud. Y sigo
queriéndolo, para siempre.
Monólogo en un bus hacia Benidorm…
Me llamo Lolita. A mi edad este nombre parece un poco
ridículo, pero ¡qué le vamos a
hacer! Es el mío y ya no se puede cambiar... Pues yo, Lolita, estoy en este bus, camino a Benidorm, ¡para
pasar un fin de semana con un hombre! ¡Que, además,
no conozco!
No, no seáis malpensados. Lo que he dicho no es exacto. Es
verdad que Felipe y yo nunca nos
hemos encontrado en carne y hueso, pero nos conocimos bastante. O eso creo y espero...
Él ha sido uno de mis “amigos” de FACEBOOK por mucho
tiempo. Creo que fui yo la que le
había pedido que fuéramos “amigos”, hace ya dos o tres años, después de haber visto
comentarios suyos que me habían gustado, a cosas que escribía otro de mis “amigos”
virtuales. O ha sido él. Eso no importa...
Por mucho tiempo nuestra “amistad” consistía sólo en
comentar el uno lo que escribía
el otro, y en hacer “me gusta” en publicaciones, fotos y vídeos. Sin embargo, aquella noche, hace unos
meses, recibí de él un mensaje personal: Después de presentarse (vive en Granada, está jubilado, enviudado
desde hace muchos años, y con dos
hijos mayores), hablaba de sus aficiones (cine, literatura, arqueología, música clásica y cosas así) y me decía
que, buscando por las cosas que yo había
escrito y publicado en el FACEBOOK, había llegado a la conclusión que nosotros dos teníamos muchas cosas en
común, así que le gustaría que nos conociéramos más.
¡La impresión que me había causado aquel mensaje privado!
También me había aterrorizado
bastante: ¿Qué quería de mí este hombre, en realidad? ¿Cuáles serían sus
motivos? ¿Era tan candoroso como aparentaba? ¿Acaso tenía intenciones ocultas, que podrían
presentar algún peligro para mí? Dormí pensando
en ello, y a la mañana siguiente
lo pensé y requetepensé a la luz del día.
Le di muchas vueltas al asunto y al cabo de hablarlo también con mi amiga del alma en la oficina, decidí que, en
todo caso, con responderle no tendría nada que perder. Debía ser muy cautelosa, eso
sí, pero no pasaría nada si yo me presentaba también a él, e iniciábamos así
una correspondencia de correos electrónicos,
entre los dos. Así que por la noche le envié también un mensaje privado. Desde
entonces nos hemos escrito
regularmente. ¡Y lo hemos disfrutado! (Creo que puedo hablar también por él).
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Pues, hace pocos meses, en uno de sus correos, Felipe
va y me pregunta que por qué no
hablamos de viva voz, vía Skype. (Él lo tenía ya instalado, para poder estar en
contacto con sus hijos, que están estudiando en ciudades distintas). Aquella propuesta me
produjo pánico, otra vez. ¡Claro! Es una cosa escribir a alguien que nunca has visto
y otra, muy distinta, hablarle por teléfono, y -¡peor aún!- viéndolo cara a cara... Le respondí
entonces que yo no tenía Skype, lo que
era verdad, pero que además me sirvió de excusa para ganar tiempo y poder
reflexionar sobre el asunto. Él insistió, diciendo que era sencillísimo que instalara yo también
el Skype y que lo único que tendría que hacer era
comprarme una pequeña cámara, que era algo muy barato. Había respondido que lo pensaría. Lo pensé e
igual como había ocurrido con aquel primer mensaje
suyo, al final decidí arriesgarme, así que me compré la cámara e instalé el Skype.
Ni su voz, ni su rostro me decepcionaron. Era tan simpático
como lo parecía en sus correos.
Desde entonces hemos hablado cada noche, como dos.adolescentes que tienen que
compartirlo todo con su “enamorado”, desde sus pasadas experiencias hasta lo que les ha ocurrido durante el día...
Una noche, hace
tres semanas, me habló por primera vez de Benidorm. Me dijo que hacía mucho que no lo había
visitado, aunque en el pasado solía pasar allí unos días cada verano con su mujer y sus
hijos, para ver a sus suegros que veraneaban allí, en un pisito que se habían comprado.
Ahora, con su mujer y sus suegros ya desaparecidos,
ese pisito sus hijos y él lo tenían alquilado, pero que sentía
algo de nostalgia por el lugar, y
pensaba ir alguna vez, ahora que él también era viejo. Y sin dejarme tiempo para pensar, va y me suelta la
pregunta del millón: ¡Que por qué no íbamos juntos, por un fin de semana!
Para esquivar su pregunta, balbuceé algo sobre nuestra
edad, es decir, que yo no me
sentía para nada vieja todavía y que ni él -que
tiene tres años menos que yo- debía
sentirse así. En realidad estaba muerta de puro terror, como si un rayo se me hubiera caído encima. Él, sin
embargo no me dejó escapar así y dijo que hablaba
en serio, y que qué pensaba yo de su propuesta. Todavía tratando de evitar darle una respuesta directa, respondí
que nunca había visitado Benidorm, porque siempre
me había repugnado la idea de ir de vacaciones a un lugar como ese. Además, puesto que teníamos esta
casita en Ruidera, siempre solíamos veranear allí. Después de una breve pausa añadí que,
por otro lado, yo no sabía si quería que los dos nos encontráramos de cerca... “En
cambio yo sí sé que quiero encontrarte”, era su respuesta. Dijo que no quería forzar las cosas, pero
que le parecía que ya era tiempo que los dos nos conociéramos. Además Benidorm era un
lugar adecuado, porque dinsta casi igualmente
de Villarrobledo -mi ciudad- y de Granada -la suya-. Podríamos alquilar habitaciones distintas (dijo que
algunos hoteles ofrecían unos paquetes muy atrayentes para el mes de
junio) y atrevernos, por fin, a dar el “gran paso”. (Lo dijo con ironía, esto). “¿Qué es lo que
temes?”, preguntó. “A estas alturas, debes ya de estar segura de que no soy el asesino de la
sierra, ni tengo el propósito oculto de venderte
a unos petroleros árabes”. (A esto me reí: ¡No conseguiría un buen precio, le dije, si esta era, en
efecto, su verdadera intención!. Él también se rió). “Ahora en serio”, dijo. “Lo peor que nos puede
ocurrir sería que destrozáramos nuestra amistad virtual. Malo, pero seguro que ambos
lo podríamos sobrellevar. Lo mejor sería que nuestra
relación diera un paso adelante,
aunque lo más probable sería que pasáramos
un fin de semana agradable e interesante, y que pudiéramos permanecer tan amigos como ya lo
somos. “¡En la vida hay que arriesgarse un poquito,
Lolita! ¿No?”. No pude contradecir esos argumentos suyos. También es cierto que
en el fondo la idea había
empezado a hacerme ilusión. Así que le dijo que sí aquella misma noche, sin siquiera esperar para
pensarlo mejor a la luz del día...
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Las cosas claras: yo soy una persona acostumbrada a la
soledad. Es más: creo que mi soledad ha llegado a gustarme. Después de que mis
hijos se fueron de casa vivo sola y puedo decir que lo estoy disfrutando. Claro
que los veo a los tres muy
a menudo, solemos comer juntos los domingos y cuido de mis dos nietos cuando sus padres me lo
piden, pero, por lo demás, yo tengo mi vida y ellos las suyas.... De todas maneras no
estoy para nada segura de que en a estas alturas me convendría tener pareja, si eso
pudiera ocurrir...
Desde luego hubo un tiempo que yo había sentido -¡y mucho!- la falta de un compañero. Entoncres todavía era
joven. Pero hace años que ya ni me pasaba por la cabeza una posibilidad así. Es
verdad que desde el momento en que me divorcié, hace ahora treinta y dos
años cumplidos, he tenido mis “relaciones sentimentales”,
como se llaman. Pocas, pero las he tenido... Primero me había enamorado perdidamente de aquel
gimnasta, cuando aún estaba casada... ¡Aquella farsa de mi matrimonio! Mi madre
creía que a su hija tiene una que casarla lo antes posible, “cuando aún es un primor”. Así que en cuanto
terminé el colegio mis padres me encontraron enseguida
a un novio. Era el hijo único de la familia más rica de nuestra pequeña ciudad, como decían todos. Era joven,
apuesto, con estudios universitarios... ¿Qué más
podría desear una chica? ¡Claro! El
que fuera homosexual, ni se les había
pasado por la cabeza, a los pobres de mis progenitores... Por mi parte, hasta
creí que estaba enamorada... Así
que me casé con diecinueve años... Pronto me quedé embarazada de mi hija mayor.
Desde aquel mi primer embarazo
empecé a olerme que algo no estaba bien... Porque él empezó a salir con “los amigos”,
dejándome a mí siempre en casa, ya que a causa del embarazo yo tenía que descansar y
meterme en la cama temprano... Cuando di a luz , resultó que mi hija no era el esperado
heredero de la familia pudiente, así que él
me dejó embarazada sin tardar otra vez, y después otra, hasta que al final -¡la tercera va la vencida!- nació el ansiado niño... Tuve tres
partos en cinco años, los tres
con cesáreas...
Todo este tiempo él parecía correcto como marido y padre.
Podía engañar a la gente que no
nos conocía de cerca, pero, en realidad, su total indiferencia hacia mí, como mujer, no se podía ocultar. Yo,
con veinticuatro o veinticinco años vivía hundida en la desesperación, pero creía que,
pese a todo, mi deber era permanecer a su lado, volcada en mis hijos tan
pequeños, que me necesitaban, tanto a mí, como a su padre... Era muy desgraciada, sin respeto a mí
misma, sin saber qué hacer... La
depresión me acosaba por todas partes. Mi madre, que se había dado cuenta de mi situación, y que -¡un poco tarde!- estaba arrepentida por haberme casado
tan joven, me aconsejó entonces
ir a hacer gimnasia para sentirme mejor y, de paso, recuperar.mi figura
estropeada después de los tres embarazos consecutivos. Es entonces cuando me
enamoré del gimnasta... Yo le gustaba y me lo hacía entender... Necesitaba tanto sentirme
deseada, que caí en sus brazos con fervor y sin cuidado por guardar las apariencias...
Creo que en el fondo quería que mi marido se enterara,
para así vengarme de él. Y, claro, él pronto se dio cuenta de lo que pasaba. Hubo un escándalo horrendo en nuestra
pequeña ciudad... Entonces la gente tenía pocas
cosas que hacer, y chismorrear a costa del vecino era su aficción favorita. Sin embargo logré sobrevivir a ello...
Parece que la gente algo había entendido de nuestra situación íntima, y al pasar el
tiempo, sentí que no me castigaban sin reconocer que había razones válidas por mi
infidelidad...
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El fin de mi matrimonio, lejos de agobiarme, fue una
bendición para mí. Además, por
aquel tiempo, tuve la suerte de encontrar un trabajo de funcionaria en el ayuntamiento. Que era divorciada y
madre de tres hijos ayudó... El trabajo me proporcionó autoestima y libertad.
No sólo ganaba el dinero que me
hacía independiente; también sentí que podía ser útil, que tenía algo de.valor...
Desde luego, mi relación con el gimnasta terminó al mismo
tiempo en que estalló el
escándalo. ¡Él resultó ser tan miserable! Lejos de apoyarme y compartir conmigo mi aflicción y mi
vergüenza, llegó hasta a ir a pedirle perdón a.mi marido, echándome toda la
culpa a mí, “la adúltera”.
Sentí por él el desprecio más profundo
y todo mi amor se esfumó...
Mis relaciones después del divorcio fueron muy discretas.
Nunca tuve una relación con un
hombre casado, aunque hubo ocasión... También evité, por.instinto, liarme con
gente de mi propia ciudad, puesto que aborrecía la idea de dar a los que vivían del cotilleo temas para
hablar... Así que mis pocas relaciones fueron todas
con forasteros: gente que estaba
de paso por nuestra ciudad, viviendo aquí
por un tiempo limitado. No lo hice conscientemente, pero si es cierto que a los hombres que estuvieron conmigo les
daba miedo formalizar su relación con una divorciada,
madre de tres hijos, es igualmente seguro que tampoco yo veía con buenos ojos la posibilidad de introducir en
mi familia a un nuevo marido. Bastante tuvieron que aguantar mis hijos. Tener que
adaptarse a un padre nuevo, sería demasiado para ellos... Más aún porque su propio
padre nunca dejó de estar presente en sus vidas, y de forma muy positiva, tengo que
reconocerlo. Tanto como para mí fue un pésimo.marido, para ellos había
sido siempre un buen padre.. No sólo daba el dinero necesario para que no les faltara
nada, sino también se ocupaba de sus estudios, se interesaba por sus aficiones y pasaba
mucho tiempo con ellos. Los quería y ellos lo.querían mucho, también.
Cuando, hace unos años, él enfermó gravemente, mis
hijos tuvieron que cuidarlo y yo
les ayudé gustosa, haciendo turnos a su lado. Con los años, habíamos logrado establecer entre ambos una
relación, si no de amistad, al menos de respeto mutuo. Poco antes de morir me pidió
que lo perdonara “por haberme destrozado la.vida”. Había contestado entonces
que mi vida no había sido para nada destrozada y.que, al contrario, yo le
estaba agradecida a él, por haberme dado a mis hijos, y.también por haber sido
tan buen padre para ellos... No mentía. Lo he perdonado de todo corazón. Él no tuvo la culpa por
su sexualidad minoritaria. Ni siquiera por querer
ocultar su “problema” con casándose
y teniendo una familia. En.aquellos años “salir del armario” era impensable,
más aún si uno vivía y trabajaba en una
pequeña ciudad, donde todo lo que hace una
persona está constantemente
examinado con lupa.y sin piedad alguna. Yo, por haberme dejado convencer por mis
padres a casarme tan temprano,
también tenía parte de la culpa por el fracaso de nuestro matrimonio. No quiero ser injusta...
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Y ahora me toca Felipe. No quiero -y no debo- dejar que mis ilusiones, (¡que sí las tengo!) cobren dimensiones
desproporcionadas. Ni tampoco que el temor se.apodere de mí y me paralice. Voy
a tomar las cosas con calma y trataré de pasármelo.bien, sin darle más vueltas.
Tampoco debo hacer cosas que no estoy segura que quiero hacer...
¡Por lo menos no corro el peligro de quedarme
embarazada! ¡Esto es lo bueno de
mi edad! (¡Qué cosas se me
ocurren!).
¿Pero las enfermedades? ¿El SIDA? A ver si a mi edad voy y
cojo algo así... (¡Dios! ¡Las cosas que me pasan por la cabeza!)
¡Lolita! ¡Cálmate! ¡No pienses más! ¡Vas a encontrar a
Felipe, tu amigo, un hombre serio
y afable, no al “asesino con de la sierra”, como bien lo ha dicho
él.¡Entereza, pues! Ya veremos lo que nos depara el futuro...
El vino y yo
“Desde entonces nada sería igual”.
Así concluía mi abuela su diatriba sobre la mala suerte de su hermana menor, cuyo
marido, después de varios golpes que le había dado la vida, había encontrado
consuelo en el vino, volviéndose un borrachín.
Mis recuerdos de este tío están
salpicados con sentimientos de conmiseración y lástima. Era buena gente, un
hombre pacífico y dulce, pero a causa de su vicio, no era capaz de mantener un
empleo estable. Para ayudarlo, a él y a su familia que a menudo sufría grandes
penurias, mis padres y otros parientes le invitaban a veces para hacer
pequeños trabajos en la casa, como pintar las paredes, o arreglar algo que no
funcionaba. Era un manitas para estas labores y trabajaba con empeño y
con afán de satisfacer, pero no podía mantener el esfuerzo por mucho tiempo.
Venía a casa temprano y antes de empezar trabajar, necesitaba primero beber
un vaso -¡de los de agua!- lleno de vino hasta el borde. Lo
tomaba de un trago, sin probar bocado de lo que le habían puesto al lado para
acompañar su bebida. Sólo pedía que la botella del vino permaneciera sobre la
mesa junto
a su vaso y mientras trabajaba se servía y tomaba libremente sin parar. La
calidad del vino no le
importaba un bledo. Podía ser el caldo más barato que existiera. Sólo la
cantidad era de su interés. Cuando la botella se vaciaba, enseguida teníamos que
llenarla de nuevo, hasta que el tío, cerca del mediodía, concluía el
trabajo del día y se
preparaba para irse. Yo nunca lo había visto borracho o perder el control, pero
me imagino que si seguía bebiendo así durante el resto del día, no le
sería posible mantener su sobriedad hasta la noche…
Quizás fueron las desventuras de la
tía Nicoleta, su mujer, la miseria de su familia entera y la conmiseración que
sentía yo para aquel pobre tío, que me han hecho tan indiferente -esta es la palabra adecuada- hacia todas las bebidas alcohólicas,
incluido el vino. Me gusta mucho -¡demasiado
quizás!- comer bien, pero de
todas las bebidas la que prefiero es el agua pura. Bebo vino en las comidas y
las cenas festivas, cuando esto es lo que están bebiendo los demás, pero no me
me faltaría nada si no me lo sirvieran nunca. Es más, siempre preferiría que me
sirvieran agua en vez de vino, pero no lo digo, para no dar a los otros
comensales que hablar. De las otras bebidas alcohólicas bebo gustosa sólo un
licor que parece más a un dulce (Irish Cream) y también “ouzo”, del que me gusta
el olor, porque me acuerda el verano. Sé que el “ouzo” tiene muy alto
porcentaje de alcohol y que podríais reírse de mí cuando digo que las bebidas
alcohólicas me dejan sin cuidado, pero que sí me gusta el “ouzo”, sin embargo
la verdad es que del “ouzo” sólo me gusta su olor y me basta un poquito dentro
de un vaso lleno de agua helada para disfrutar de él.
En pocas palabras bebo vino, y al
cabo de los años he vuelto además de ser capaz de discriminar entre las
variedades distintas, pero puedo prescindir de él, aunque sea el mejor de los
mejores, sin ningún problema, mientras que no puedo prescindir, por ejemplo,
del chocolate, de la nata, del queso y de la mantequilla, del pan, los dulces y
otras muchas comidas de las que me gustaría poder prescindir, ya que engordan….
Además no entiendo de ninguna manera a algunos ricos, estrellas de Hollywood y
gente así, que pagan un dineral para “disfrutar”
de una botella de vino añejo de
calidad suprema. Sospecho que sólo lo hacen por esnobismo y para mostrar que
pueden gastar muchísimo dinero sin pensarlo, porque no entiendo cómo este caldo
tan extravagante y excesivamente caro puede satisfacerles más que un buen vino
de los corrientes .
Igualmente no entiendo a los críticos de vino que están describiendo su aroma y
su sabor con términos tan alejados de la realidad actual como “aromas de frutas
del bosque”, o “de vainilla, canela y cardamomo” y cosas así.
La cuestión para mí es la
siguiente: ¿A los que les gusta el vino -y
las demás bebidas alcohólicas- ,
a vosotros y vosotras, os gusta por su sabor, o por los efectos que tiene el
consumo de alcohol en vuestra disposición anímica? Esta es la pregunta del millón.
Si es por el sabor, no os puedo
entender, de verdad, pero de
gustibus et coloribus no est disputandum, como decían los
romanos. Si, en cambio, os gusta beber porque haciéndolo os
relajáis y sentís mejor, olvidando por un tiempo vuestras ansiedades temores y
otros problemas, no tendría objeción ninguna para que bebierais -¡con moderación, siempre!-, pero debo
decir que a mí no me sucede. Sí que me relaja la buena compañía, hablar con
amigos queridos en un ambiente festivo, pero no el alcohol. El alcohol, las
pocas veces que he bebido más de lo que suelo, me da un poco de mareo y una
cierta flaqueza en las rodillas, pero no me altera la disposición anímica.
Sobre esto me acuerdo de un hecho
que me ha mostrado las consecuencias -¡malas!- de beber más de la cuenta: En el
ultimo año de mis estudios en la Universidad Técnica de Atenas (Politecnion) mi
clase enprendió un viaje hacia la Unión Soviética de entonces. Era el primer
año después de la caída de la dictadura militar de los coroneles y también era
el primer viaje que una clase de estudiantes griegos hacían, después de muchos
años, a Rusia. Habíamos volado a Moscú y después visitamos también Kiev y
Leningrado, viajando allí en trenes durante la noche. Pues en una noche de
viaje por tren, en el compartimiento vecino al nuestro se habían juntado
algunos de nuestros compañeros y compañeras con el profesor que nos acompañaba
y, muy a mi pesar (porque quería dormir, para estar al día siguiente en
condiciones para disfrutar de la visita en la ciudad adonde íbamos), estaban
pasándolo bien, bebiendo de la misma botella de vodka que se habían comprado.
Al principio la pandilla estaba en una disposición muy alegre,
conversando animadamente y riéndose mucho. Pronto los ánimos se alzaron
demasiado. Empezaron a cantar en coro y voz alta canciones
infantiles ridículas, como “El gallito
kikirikí”, el profesor cincuentón incluido. Parecían disfrutar muchísimo,
cuando de repente una chica empezó a llorar. Y gemir. Pronto los llantos y los
gemidos y los alaridos y los gritos de agonía se multiplicaron y también
empezaron a oírse otros ruidos, como el que se
produce cuando uno necesita vomitar. En un dos por tres la fiesta se había
convertido en una tragedia y los que habían participado en ella estaban
haciendo cola en los aseos, o permanecían echados en los corredores del tren en un
estado lamentable, incapaces de moverse par ir a acostarse en sus literas.
Dicen que in vino veritas, y esto es
cierto, pero el tipo de la verdad que produce el excesivo consumo de vino a mí
no me gusta. Esta verdad puede fácilmente convertirse en desfachatez y
agresividad, algo muy peligroso, en especial cuando él que uno tiene en frente,
tampoco está en condiciones para poder controlarse. Es así que Alejandro el
Mango mató a su mejor amigo, estando borracho… En cuanto se refiere a mí, quiero
poder controlar lo que estoy diciendo y haciendo y que los otros también puedan
controlar lo que me dicen y me hacen a mí, pasándolo siempre por el criterio de
la razón serena. Así que en realidad el que no me gusta beber me conviene …
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